"La rabia"
Por Juan Alcover (Febrero 2000)
La mañana del jueves apareció el pequeño Cebrián muerto tras el patio de la escuela, frente al viejo camino que conduce a la fuente. Pita encontró el cuerpo. Era el tonto del pueblo y todos le llaman así porque Pitágoras es demasiado largo. Además unos padres ingeniosos, Pita tenía el valor necesario para merodear por la escuela en agosto, cuando los escorpiones salen de sus escondrijos para calentarse al sol.
Hacía tres días que buscaban al pequeño. Su madre no lo extrañó hasta bien entrada la noche, quizá por no estar tan borracha como para olvidarle. Su padre no apareció hasta el día siguiente, atormentado por el picor de sus ladillas nuevas. Para entonces ya se había organizado la búsqueda, y todo el pueblo participó.
-Ha muerto de rabia –dijo el párroco, aspirando con apestosa parsimonia su cigarro. -Mirad sus piernas. Encontrareis marcas de dientes. Es la rabia seguro, ya lo he visto antes.
La pequeña piel de Cebrián era de un azul tétrico como de cielo cargado de lluvia. Tenía los ojos abiertos y la mirada plácida, como si hubiera muerto feliz. Su madre, Lourdes se llamaba, derramó algunos milímetros cúbicos de lágrimas, quizá de tristeza, quizá de vergüenza.
-Siempre estaba jugando con los malditos perros. Por Dios, sólo tenía cinco años –dijo sin apartar la mirada del diminuto cadáver.
-¿Y tú dónde estabas mientras tanto? –dijo el padre, con poca pasión y bastante ronquera.
-Dejame en paz, cabrón. Tú nunca te has preocupado.
-Maldita zorra borracha –contestó, y tras dar media vuelta se alejó hacia el pueblo.
El pequeño Cebrián fue enterrado esa misma tarde, en un apartado nicho que el alcalde tuvo a bien regalar a la familia. Llovía como nunca lo había hecho en esa época. Al día siguiente, tras decretar una semana de duelo, el alcalde y el párroco comenzaron la investigación.
-¿Avisamos al cuartelillo? –preguntó el párroco.
-No Padre, esto lo vamos a solucionar nosotros solos –dijo el alcalde.
-Estoy de acuerdo –sentenció. El cuartel de la guardia civil estaba en Valdecantos, a unos treinta kilómetros. Habían pasado dos semanas desde la última ronda, y no volverían hasta bien entrado el mes de septiembre. Avisar al cuartelillo suponía que el párroco debía montar a su arcaico burro y recorrer el camino de ida y de vuelta bajo la inusual tempestad de agua sucia, por lo que a todo el mundo le pareció comprensible su conformidad.
Durante las dos tardes siguientes se reunieron en el lugar donde apareció el cadáver. “Eso hacen los profesionales; investigan el lugar de los hechos”, había dicho el alcalde. Junto a él estaban el párroco, el farmacéutico y Don Froilán, el decrépito guarda del cementerio, erigido ahora como la máxima autoridad del pueblo.
-Después de mi, Froilán; después de mí –dijo el alcalde.
-Claro su vuecencia –contestó el enterrador-. Usted manda; Y después yo.
El párroco humedeció el papel de arroz con la punta de la lengua y remató el cigarrillo con la habilidad que dan los años de práctica. Solo fumaba tabaco de liar. “Es más barato y más sabroso”, afirmaba. “Dónde va a parar”.
-Bueno, ¿cuáles son las conclusiones? –preguntó el alcalde.
-Es rabia, ya lo dije el primer día.
-Yo no he visto marca alguna –dijo el farmacéutico. Se llamaba Arnoldo de la Hera y Grande, aunque todos le conocían como “el boti”.
-Jugaría con algún jodido perro infectado –insistió el párroco.
-No se contagia así, Eleuterio.
-Don Eleuterio, por favor. Ahora no estamos jugando al mus, estamos en plena investigación –dijo el párroco.
El cielo estaba cubierto de finas nubes cargadas con muchos millones de diminutas gotas. “El boti” miró hacia arriba y subió el cuello de su abrigo antiguo y cálido. Al fondo del camino, en donde giraba hacia el oeste antes de morir en la fuente, vio una silueta familiar. Una silueta torpe y tullida.
-¿Qué hace Pita? –preguntó-. ¿No les dijisteis a todos que no se acercaran por aquí hasta nueva orden?
-Pita es tonto –dijo el alcalde.
-Y también inofensivo –añadió el párroco-. Bueno, ¿damos el caso por cerrado?
-No ha podido ser un perro –dijo el farmacéutico olvidando la torpe figura que desaparecía de la vista-. Hace falta una mordedura, Don Eleuterio.
-¿Y eso cómo lo sabes? –contestó el párroco desde su espesa nube de humo.
-Todo el mundo sabe eso –dijo el alcalde.- ¿No?
-Mi prima –intervino Froilán- murió de rabia. Bueno, ella no, una conocida. La cogió acariciando a un chucho infectado en la calle. Tenía un padrastro o algo así por donde le entró el virus.
-¿Veis? Hay jurisprudencia –dijo el párroco. Dejo caer el cigarro con descuido y lo aplastó con la pesada bota militar que calzaba desde el final de la guerra.
-Eso de jurisprudencia sólo sirve para las leyes –dijo el alcalde.- Parece mentira que tengamos un párroco tan inculto.
-Como se diga, da igual. Lo importante es que tenemos pruebas de la culpabilidad de los perros.
Una fina lluvia comenzó a caer.
-Ya esta otra vez –dijo el alcalde-. Lluvia de la que empapa sin mojar.
-Bueno, pues si estamos de acuerdo…
-Yo no lo estoy. Deberíamos traer un médico para que examine al pequeño y determine la causa de la muerte.
-Votemos –dijo Don Eleuterio.
-Voto por lo perros.
-Yo voto por traer un médico –dijo el farmacéutico-. ¿Y tú, Eleuterio?
-Los perros.
-Lo suponía. ¿Tú qué dices? –preguntó al alcalde.
-Acabemos con los jodidos perros –dijo el párroco-. Y vámonos a casa, nos estamos empapando.
Ni siquiera la señora Mati, la más anciana del pueblo, recordaba un domingo de enero tan concurrido como aquel. Todo el pueblo se congregó en la iglesia para escuchar la misa en honor a Cebrián y, sobre todo, el resultado de la importante investigación.
-¡Damas y caballeros! –gritó el alcalde desde el púlpito. El párroco le había cedido el sitio después de una homilía breve y emotiva.
-¡Su atención, por favor! –insistió el alcalde. Quería la máxima atención. En el pueblo sólo había ciento cuarenta y dos habitantes, y le parecía que todos estaban presentes. Nunca había visto la iglesia tan llena-. Voy a proceder a leer un manifiesto oficial.
El alcalde sacó de su chaqueta un papel doblado y lo abrió con tranquilidad para aumentar la expectación. Se aclaró la voz y comenzó a leer.
-Se hace saber a todo el mundo que, tras la investigación llevada a cabo por los honorables vecinos Don Prudencia, alcalde, Don Eleuterio, párroco, Don Arnoldo, farmacéutico y Don Froilán, enterrador, se ha concluido que la irreparable y horripilante muerte del joven Cebrián fue consecuencia de la enfermedad conocida como rabia transmitida por el contacto con un animal infectado.
El alcalde interrumpió su discurso y esperó la reacción de los oyentes. Sólo hubo un breve murmullo al fondo provocado por la tos vieja y el rechinar de huesos de la señora Mati.
-Por todo lo expuesto, se ha decidido decretar la pena de muerte para todos los perros del pueblo. Y ante el desconocimiento del modus operandi de la mencionada enfermedad y para evitar futuros contagios, se decreta por igual la pena de muerte para el resto de animales de compañía.
En este punto varias voces protestaron, pero fueron pronto acalladas por la mayoría.
-Durante la tarde de hoy se realizará un inventario para determinar la población animal a sacrificar siguiendo el procedimiento de ahorcamiento o decapitación, según preferencia del dueño del animal o del alcalde en su defecto.
Muchos de los presentes movieron sus cabezas asistiendo en silencio. Nadie dudaba de la competencia del alcalde y sus ayudantes para llevar la investigación a cabo.
-Por último –continuó- se ordena a todos los ciudadanos que preparen un bebedizo para mejorar las defensas naturales contra la enfermedad y evitar contagios durante los sacrificios.
El alcalde esperó unos minutos mientras los dos monaguillos repartían unos panfletos con la receta. Por falta de tiempo sólo pudieron hacer sesenta y cuatro.
-Procedo a leer la receta para los que no tengan panfleto o sean analfabetos –dijo el alcalde. Cogió el papel que le ofrecía el monaguillo y leyó en voz alta.
-Se recolectará un puñado de salvia, dos dientes de ajo, dos cucharadas de miel de flor de naranjo y unas pocas limaduras de estaño –suministradas por Don Arnoldo en su farmacia- y se hervirá todo en un cuarto de clarete o, en su defecto, anís y agua a partes iguales. Se beberán tres vasos diarios durante tres días, uno al amanecer, otro tras la comida y el último antes de retirarse a dormir.
Se formó un pequeño alboroto cuando los que no tenían la receta preguntaron al resto para confirmar los ingredientes y la dosis. El alcalde aguardó unos instantes antes de dar la reunión por finalizada.
-¡Damas y caballeros! Esto es todo por nuestra parte. Confío en tener toda su colaboración. En cuanto vuelvan a sus casas comenzaremos el recuento de animales.
El inventario transcurrió sin incidentes, y la noche llegó deprisa. El lunes amaneció sin el brillo y calor del día precedente. En las puertas de la iglesia, del ayuntamiento y de la farmacia había tres grandes carteles de madera con una lista impresa en grandes letras negras.
“Dieciocho perros domésticos
Cuatro perros callejeros
Quince gatos domésticos
Nueve gatos callejeros
Tres canarios domésticos
Un loro doméstico
Dos tortugas domésticas”
Durante todo el lunes y la mañana del martes, el alcalde y el enterrador en el equipo “Charli” y el farmacéutico y el párroco en el equipo “Bravo”, recorrieron las calles del pueblo asegurándose del cumplimiento de la ordenanza. Hicieron un meticuloso registro de todos los sacrificios anotando el nombre del verdugo y la raza del animal. Poco antes del mediodía del martes dieron la tarea por finalizada tras el recuento final y la seguridad de haber eliminado cualquier foco de riesgo infeccioso.
La mañana del miércoles amaneció sin nubes, y el sol tímido y escurridizo de las últimas semanas apareció para descubrir un pueblo cubierto de sangre y vísceras. La mayoría de los vecinos habían colgado a sus mascotas de las farolas de hierro forjado regalo de la pequeña aldea portuguesa hermanada y olvidada mucho tiempo atrás. Sólo Lourdes, la madre del pequeño Cebrián, y la señora Mati decapitaron a sus mascotas, un labrador vetusto y ciego y un loro rojo, amarillo y verde regalo de algún nieto lejano. La primera lo hizo por venganza; la segunda por pereza. El resto de animales fueron colgados y abiertos en canal. La ordenanza no incluía este sangriento extremo. Fue el párroco quién, tras colgar al escuálido chucho que merodeaba por el pequeño huerto de la iglesia, se impacientó por la tardanza de la muerte y le rajó el vientre. Casi todos le imitaron, quizá espoleados por el olor y el color de la sangre.
Y la mañana del miércoles, que pudo ser hermosa y espléndida, se tornó oscura y cruda para ocultar las vísceras y la sangre animal. Todos se encerraron en sus casas huyendo de la lluvia monótona. Todos menos Pita, el tonto del pueblo. Sólo él vio la plaga de moscas que acudió buscando alimento. Muchos millones, quizá billones de moscas enormes y azules cubrieron los cadáveres. Y las calles y los tejados. Entraron por las chimeneas y rompieron los cristales y las puertas y ocuparon todo el espacio posible.
Las gentes del pueblo se refugiaron en la parroquia, el único sitio inmune a la plaga. Todos estaban allí, con la excepción de los padres de Cebrián.
-Yo les vi salir de su casa cuando venía hacia aquí –dijo Don Arnoldo-. Pero una nube de moscas les rodeo y desaparecieron.
-Es un castigo del señor, una plaga enviada para castigar nuestros pecados –gritó una señora desde el fondo de la iglesia. Sólo tenía un ojo, y había perdido –o quizá olvidado- el parche que cubría la cuenca vacía.
-¡Las moscas no salen cuando llueve! –dijo alguien.
-¡No son moscas, son criaturas del averno! –añadió la mujer de un solo ojo.
-¡Vienen a castigarnos por nuestros pecados!
El párroco y el alcalde estaban junto a la escalera que conducía al púlpito. Todos volvieron la mirada hacia ellos, aunque ninguno de los dos se decidía a subir.
-Esta crisis es tuya, Eleuterio –susurró el alcalde-. Yo trato con asuntos de los hombres; tú con los de Dios.
El párroco subió despacio. Los cinco escalones de madera vieja crujieron bajo su peso. Tenía la frente empapada en sudor, a pesar del ambiente frío y húmedo de la iglesia. Respiró con energía un par de veces para acumular fuerzas, y habló.
-¡Parroquianos! –gritó. Pero no terminó la frase. Una enorme nube azul de moscas henchidas con sangre y carne animal atravesó el mosaico a pocos metros por encima de su cabeza. La colorida escena del bautismo de Jesús saltó en los aires hecha añicos y cayó sobre él, destrozando su cuerpo en cientos de pequeños pedazos. Los demás tardaron en morir algo más: unos quince segundos más o menos. Ese fue el tiempo que necesitaron muchos millones –quizá billones- de moscas en devorarles. Y mientras esto ocurría, mientras las moscas azules devastaban a todos los habitantes del pequeño y lluvioso pueblo, una silueta torpe y tullida se alejaba por el camino de la fuente.