domingo, octubre 04, 2009

La estación

"La estación", octubre de 2005

El hombre delgado y su hermana caminaron por la nueva -¿vieja?- estación buscando algún recuerdo. Varias personas esperaban en el andén.

-Antes no había andén –dijo con cierta nostalgia-. Ni siquiera había estación. El tren paraba en medio de nada, te subías y pagabas al revisor.
-El pueblo ha crecido mucho –dijo su hermana. Encendió un cigarrillo y miró distraída hacia ningún sitio.
-¿Todavía pasará el tren de las ocho y veintitrés?

El tren de las ocho y veintitrés era el único que no paraba en el apeadero. Pocos minutos antes se congregaban varios chiquillos –y alguna chiquilla- del pueblo para sacrificar un insecto recién cazado o la moneda robada de la hucha familiar. Colocaban la víctima sobre la vía y esperaban.

Su hermana no contestó.
“Ahora no podría poner una moneda en la vía” pensó asomándose al borde del andén. Le separaban un par de metros de los railes.
-¿Tanto tiempo ha pasado? –preguntó
-Siete años, creo.
-No es mucho –dijo. Se detuvo frente a la entrada principal, una enorme puerta de madera y hierro forjado. Había sido restaurada, lo notó en el brillo del metal y la limpieza de la madera, pero era la misma puerta que tantas veces cruzó para subir al tren que le llevaba al instituto.
-Sí lo es –contestó su hermana.
Sólo quedaba la puerta. De toda su infancia, de todos sus recuerdos, nada más que una vieja puerta carcomida una y otra vez. La estación, los travesaños, el andén, los pasajeros, los trenes, el reloj. Todo era nuevo para él.
“Quizá las vías sean las mismas”. Pero las vías no podía recordarlas. Todas las vías son iguales.
-Tienes razón. Demasiado tiempo –dijo abriendo la puerta.

Salieron de la estación y se alejaron sin mirar atrás. Ella había crecido al mismo tiempo que todo lo que le rodeaba. Sus amigos, su familia, su pueblo. El había crecido muy lejos y ahora pertenecía a otro lugar. Ninguno tenía motivos para preocuparse más por la estación, nueva o vieja.